A partir de los siete años era el padre quien tomaba la responsabilidad
de la educación de los hijos. Un padre enseñaba a su hijo a leer, escribir, usar las armas y
cultivar la tierra, a la vez que le impartía los fundamentos de las buenas
maneras, la religión, la moral y el conocimiento de la ley. El niño acompaña a
su padre a todas partes: al campo, a los convites, al foro, etc.
Por su parte, la niña -puella-
sigue bajo la dirección y el cuidado de su madre, que la instruye en el telar y
en las labores domésticas.
El definitivo perfeccionamiento a su formación lo daba el ejército, en el que se ingresaba a la
edad de 16 o 17 años. La fuerza del ejército romano residía en su disciplina: el
cobarde era azotado hasta morir, el general podía decapitar a cualquiera por la
menor desobediencia, a los desertores se les cortaba la mano derecha, y el
rancho consistía en pan y legumbres.
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